OLOR A DINERO    "Engatusando con la verdad"

Día de publicación: 2026-04-14
Por: Feliciano J. Espriella


¡Vaya calenturas que deben estar padeciendo algunos politicastros que pululan y medran por los rumbos de la Plaza Zaragoza! Seguro sus evacuaciones son sólo líquido y el tufo a terror llega hasta la Catedral ante el crecimiento de Toño Astiazarán en las preferencias del electorado sonorense.

De otra manera no se explica la reciente andanada de sus gatilleros que, en fechas recientes, emprendieron ataques en temas económicos y exhibieron a Hermosillo como una de las ciudades más endeudadas del país, lo cual es verdad… sólo que sus cuatro neuronas no les generaron la suficiente iluminación para entender algo elemental: esa deuda no se generó en la actual administración. Como dice el pueblo, se les volteó el chirrión por el palito.

Y es que el problema del endeudamiento de Hermosillo no es nuevo. No nació ayer ni antier. Es un fenómeno estructural que viene arrastrándose desde hace más de una década, con picos particularmente pronunciados entre 2010 y 2015, cuando se contrataron créditos agresivos para financiar infraestructura urbana.

De acuerdo con análisis financieros de largo aliento, el municipio llegó a acumular pasivos por más de 4 mil 400 millones de pesos al considerar deuda bancaria y compromisos con proveedores, una cifra que prácticamente duplicó su carga en pocos años.

Ese crecimiento no fue casual. Durante administraciones pasadas se apostó por el crédito como motor de desarrollo urbano: pavimentación masiva, puentes, modernización vial. Obras necesarias, sí, pero financiadas a un costo financiero que hoy sigue pesando sobre las finanzas municipales.

El resultado: Hermosillo se consolidó como uno de los municipios con mayor deuda per cápita del país, obligando a recurrir a refinanciamientos y a comprometer participaciones federales para poder sostener su operación básica.

Hoy, los mismos que guardaron silencio —o peor aún, participaron— en ese proceso de endeudamiento, pretenden erigirse como fiscalizadores morales. Pero omiten un dato clave: la actual administración no ha incrementado de manera significativa la deuda de largo plazo y, por el contrario, ha logrado estabilizarla e incluso reducirla marginalmente.

Al inicio de la gestión de Astiazarán, la deuda rondaba los 1,695 millones de pesos; hacia 2024 se había reducido a aproximadamente 1,608 millones. No es una hazaña espectacular, pero sí un cambio de tendencia respecto al crecimiento descontrolado del pasado.

A ese contexto habría que agregar un dato que deliberadamente se omite en la narrativa de los críticos: bajo la administración de Antonio Astiazarán no sólo no se ha contratado deuda de largo plazo en los términos expansivos del pasado, sino que se ha ejecutado, con recursos propios y una gestión financiera más eficiente, una de las inversiones en infraestructura urbana más importantes de los últimos años en Hermosillo.

Es decir, se ha mantenido la operación del gobierno, se ha invertido en obra pública y, al mismo tiempo, se ha contenido el crecimiento del pasivo. Un equilibrio que en administraciones anteriores simplemente no existió.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: quienes vivimos en Hermosillo no necesitamos leer reportes sesgados para saber si la ciudad avanza o no. Lo vemos todos los días en calles, obras, servicios y dinamismo económico. La evidencia no está en el discurso, está en la realidad cotidiana.

Porque además hay otro elemento que incomoda a los críticos: Hermosillo hoy destaca a nivel nacional por su crecimiento económico y generación de empleos. Esto sugiere algo que rompe por completo la narrativa simplista de los ataques: sí es posible crecer, invertir y dinamizar una ciudad sin recurrir al endeudamiento irresponsable que marcó etapas anteriores.

¿Eso significa que todo está resuelto? Por supuesto que no.

El verdadero problema no es sólo el monto de la deuda, sino su costo. Para 2026, Hermosillo deberá destinar más de 500 millones de pesos al servicio de la deuda, de los cuales casi 190 millones son sólo intereses. Es decir, dinero que no se traduce en obras, ni en seguridad, ni en servicios públicos, sino en pagar malas decisiones del pasado.

Ese es el debate serio que deberíamos estar teniendo.

Pero no. Lo que vemos es una estrategia burda: tomar una verdad parcial —el alto endeudamiento— y convertirla en arma política, ocultando deliberadamente su origen histórico y su evolución reciente.

Eso no es análisis. Es propaganda.

Y frente a ataques insidiosos y, en muchos casos, abiertamente calumniosos, también hay que decirlo con claridad: quienes consideramos que la actual administración ha dado resultados no lo hacemos por consigna, sino por evidencia.

Porque una cosa es la deuda heredada… y otra muy distinta es quién la generó y quién, con mayor o menor margen, está tratando de administrarla sin hipotecar de nuevo el futuro.

Y en política, como en la vida, la verdad a medias no es verdad: es manipulación.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

 

 

 

 

 

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