Día de publicación: 2026-03-05
Por: Feliciano J. Espriella
En virtud de que mi columna del pasado martes, titulada "Célida también la quele”, resultó controversial y derivó en algunos debates al respecto —debates cordiales, pero firmemente opositores a lo que ahí expuse— consideré oportuno volver sobre el tema.
Las objeciones que recibí no se enfocaron exactamente en el sentido central del texto, sino en los supuestos "méritos” que, según algunos defensores de Célida López Cárdenas, justificarían una valoración distinta de su desempeño político. Sostuvieron que su gestión como alcaldesa de Hermosillo fue más eficiente que la del actual presidente municipal, Antonio Astiazarán.
No comparto esa opinión, aunque reconozco que seguramente existe un sector de hermosillenses que sí la sostiene.
Mi punto de vista es distinto.
Quiero también hacer una aclaración adicional. Si en aquella columna me referí a Célida López como posible aspirante a la gubernatura de Sonora no fue porque considere que tenga los méritos o el tamaño político necesarios para encabezar el Ejecutivo estatal, sino porque ella misma se ha autodestapado públicamente y ha difundido incluso una encuesta de dudosa metodología en la que aparece encabezando las preferencias electorales.
Hechas esas precisiones, vale la pena analizar el tema con mayor serenidad.
Más que una competencia personal entre dos figuras políticas, lo que realmente estamos observando es el contraste entre dos maneras distintas de ejercer el poder público.
Por un lado está el modelo de gestión que ha construido Antonio Astiazarán al frente del Ayuntamiento de Hermosillo.
Se trata de un estilo que busca sustentarse en la eficiencia administrativa y en resultados verificables.
Su principal argumento político no es un discurso, sino un indicador institucional concreto: el reporte de la Auditoría Superior de la Federación que calificó a Hermosillo con "cero daño patrimonial” en la revisión de la cuenta pública correspondiente a 2024.
En términos simples, ese dato significa que la autoridad fiscalizadora federal no encontró irregularidades en el manejo de los recursos públicos del municipio.
A partir de esa base administrativa, la actual gestión municipal ha desarrollado una narrativa centrada en la ejecución de obra pública y en la modernización de los servicios urbanos.
Programas de rehabilitación masiva de vialidades, proyectos de infraestructura financiados con recursos propios del municipio y diversas iniciativas de modernización tecnológica —como la sincronización de semáforos mediante sistemas desarrollados con apoyo de talento local— forman parte de esa estrategia.
En el terreno de la obra pública municipal también existe un contraste importante. Diversos observadores de la vida pública local coinciden en que el volumen de infraestructura urbana ejecutado durante la actual administración se encuentra entre los más amplios que ha registrado Hermosillo en lo que va del presente siglo. Programas de rehabilitación de calles, construcción de puentes y obras de modernización urbana han colocado a la capital sonorense en un nivel de inversión municipal que no se había visto en varios años.
En ese sentido, más allá de simpatías partidistas, resulta difícil negar que la actual administración municipal ha desarrollado uno de los programas de obra pública más extensos de los últimos tiempos en la ciudad.
Célida López representa un modelo distinto de liderazgo político.
Su trayectoria reciente se ha construido menos en torno a indicadores administrativos y más alrededor de su capacidad para operar políticamente en contextos complejos.
Su paso por la alcaldía de Hermosillo estuvo marcado por circunstancias extraordinarias, particularmente la pandemia, y actualmente desempeña responsabilidades en el sector agropecuario estatal, uno de los ámbitos más sensibles en términos económicos y sociales.
En ese espacio su trabajo cotidiano implica negociar con productores agrícolas, pescadores y organizaciones rurales que enfrentan problemas derivados de las fluctuaciones del mercado, del impacto del cambio climático o de restricciones sanitarias que afectan las exportaciones.
Es un tipo de liderazgo que se apoya más en la presencia territorial, en la interlocución con sectores productivos y en la capacidad de intervenir en conflictos sectoriales.
En términos de narrativa política, las diferencias entre ambos perfiles son claras.
Astiazarán ha construido su imagen pública como un político orientado a resultados administrativos medibles.
Célida López, por su parte, se presenta como una funcionaria ejecutiva con fuerte compromiso político con el proyecto de la llamada Cuarta Transformación y con una trayectoria marcada por la operación política y la gestión de conflictos.
Son dos perfiles que dialogan con públicos distintos.
Uno conecta con la cultura de la eficiencia administrativa que valoran particularmente los sectores urbanos y buena parte de la clase media.
El otro busca posicionarse como un liderazgo político cercano a las bases sociales y a los sectores productivos que enfrentan problemas estructurales.
Por ello, el debate que se abrió tras la columna anterior puede resultar incluso útil.
Porque más allá de simpatías personales o afinidades partidistas, la discusión de fondo es otra.
La pregunta que eventualmente deberán responder los ciudadanos no es quién tiene más presencia mediática ni quién genera más polémica en redes sociales.
La pregunta verdadera es qué tipo de liderazgo consideran más adecuado para enfrentar los desafíos que tiene Sonora en los próximos años.
Un liderazgo basado en la eficiencia administrativa y la ejecución ordenada de obra pública.
O uno sustentado en la operación política y la capacidad de negociación frente a conflictos complejos.
Ese es, en realidad, el fondo del debate.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima
