OLOR A DINERO   "El brote que la oposición convirtió en arma electoral"

Día de publicación: 2026-02-26
Por: Feliciano J. Espriella


El brote de sarampión es real, pero también lo es la manipulación política que intenta culpar al Gobierno de una supuesta falta de vacunas. La narrativa es falsa y omite un dato clave: México no erradicó el sarampión y el repunte es continental.

El brote de sarampión que enfrenta México ha sido convertido en una fiesta de oportunismo político y mediático. No sorprende: cualquier chispa sirve para incendiar la narrativa contra el Gobierno. Pero si algo merece vacunación urgente es la desinformación que la oposición y cierta comentocracia reciclan cada vez que huelen posibilidad de escándalo. Esta vez, acusan negligencia, falta de vacunas y un supuesto abandono de las campañas de inmunización. Nada de eso es cierto. El virus viaja con rapidez; las mentiras, más.

Empecemos por lo obvio: el sarampión no ha sido erradicado en ninguna parte del mundo. No en México, no en Estados Unidos, no en Canadá, no en Europa. Lo que existe es eliminación, es decir: ausencia de transmisión endémica. Pero los brotes importados —como el actual— siempre han ocurrido y seguirán ocurriendo mientras las personas viajen, especialmente desde países donde la enfermedad mantiene circulación activa. Fingir que México vivía en un paraíso inmunológico sólo interrumpido por la 4T es, además de engañoso, históricamente falso.

El argumento de la "falta de vacunas” se ha repetido tanto que muchos creen que es verdad. No lo es. Y es especialmente grotesco porque México llegó a ser potencia internacional en materia de vacunas. Durante décadas, nuestro país producía biológicos a gran escala gracias a Birmex, una institución de excelencia científica y capacidad industrial robusta. ¿Qué fue lo que pasó? Que la desaparición de Birmex no ocurrió en este sexenio, ni en el anterior, sino durante el gobierno de Felipe Calderón, en uno de los episodios más oscuros y menos revisados de la política sanitaria reciente.

Birmex recibió alrededor de mil millones de pesos de crédito internacional —otorgado por un organismo que los documentos oficiales ubican entre Banco Mundial y BID, pero que al final nadie supo dónde quedó el dinero— con la promesa de modernizar la infraestructura de producción nacional. El resultado final fue exactamente lo contrario: Birmex colapsó y México dejó de fabricar vacunas estratégicas. Hoy esa pérdida histórica sirve paradójicamente para que los mismos que lo permitieron reclamen "desabasto”.

Otro de los silencios convenientes del debate público es que el brote de sarampión no es exclusivo de México. Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, España, Brasil y más de 30 países enfrentan repuntes similares o mayores. De hecho, el brote actual comenzó en Canadá, desde donde se extendió hacia EE. UU. y posteriormente a México. Pero alguna parte de la oposición decidió convertir un fenómeno global en arma local, como si los virus respetaran fronteras políticas o calendarios electorales.

México mantiene tasas de vacunación que, aunque requieren fortalecimiento continuo —como en todo el mundo postpandemia—, no están en colapso ni muestran abandono. De hecho, la cobertura se ha recuperado respecto a los años posteriores a la emergencia de COVID-19, cuando todos los países vieron descender sus esquemas por restricciones de movilidad y saturación hospitalaria. La narrativa de "no hay vacunas” ignora que el país cuenta con biológicos suficientes, campañas activas y una vigilancia epidemiológica que detectó el brote de manera inmediata.

Pero la comentocracia encontró un filón. Había que culpar al Gobierno de algo que no controla ningún Gobierno en el planeta: la reintroducción de un virus cuya eliminación nunca ha sido definitiva. Y en esa misión participan actores que hace 15 años guardaron silencio mientras se desmantelaba la infraestructura nacional de vacunas, o cuando la política neoliberal convirtió la salud pública en un botín presupuestal.

Es cierto: el Estado mexicano debe reforzar campañas, vigilar cadenas de suministro, combatir el rezago generado por la pandemia y seguir educando a una población cada vez más expuesta a desinformación digital. Pero otra cosa muy distinta es responsabilizarlo de un brote global que tiene causas compartidas: viajes internacionales, caída de coberturas post-COVID, resistencia a la vacunación y mutaciones virales.

El sarampión no es un fracaso de México. Tampoco es un arma política, aunque algunos quieran usarlo como tal. Es un recordatorio de que la salud pública exige continuidad, inversión y memoria. Especialmente memoria: la que evita repetir las negligencias del pasado mientras otros intentan lucrar con el miedo.

Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

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