Día de publicación: 2026-02-17
Por: Feliciano J. Espriella
Hermosillo se expande territorialmente, pero su movilidad permanece estancada. El transporte público deficiente y el clima extremo convierten el traslado cotidiano en una experiencia de riesgo que golpea con mayor dureza a mujeres, adultos mayores y trabajadores.
El pasado jueves la señora que una vez por semana nos asiste con el aseo de la casa llegó un poco lastimada. Caminaba con dificultad. Tenía algunos raspones en brazos y piernas. La causa: el ruletero en el que se trasladó arrancó antes de que ella terminara de descender. Cayó horizontalmente a la banqueta. Algunos pasajeros gritaron al conductor que todavía había alguien bajando. No hizo caso. Aceleró con brusquedad. Quedó en el piso. Otros usuarios la ayudaron a levantarse. Nadie alcanzó a tomar señas del vehículo. El chofer, evidentemente, se fue como si nada.
No fue un caso aislado. El verano pasado tuve mi carro una semana en el taller. En ese lapso utilicé el transporte urbano en tres ocasiones. Las unidades iban atestadas. Los conductores manejaban como si compitieran en pista. En una de ellas la refrigeración no funcionaba. Era julio. En Hermosillo. La gente sudaba a raudales. Fue una experiencia desagradable. Para miles de hermosillenses, esa no es la excepción: es la constante.
Hermosillo es una ciudad que crece sin moverse. Se expande hacia los extremos, multiplica fraccionamientos, inaugura vialidades, pero no resuelve el corazón del problema: cómo se traslada su población. El resultado es una movilidad profundamente desigual.
En una ciudad donde el verano supera con facilidad los 45 grados, esperar el camión bajo el sol no es una incomodidad menor: es un riesgo sanitario. Las paradas sin sombra, la irregularidad en los horarios y las largas distancias convierten cada traslado en una prueba física. Para una persona joven puede ser agotador; para un adulto mayor puede ser peligroso.
El transporte público insuficiente obliga a miles a depender de unidades saturadas y mal climatizadas. La ausencia de supervisión efectiva sobre los operadores genera conductas temerarias: arranques bruscos, frenados intempestivos, exceso de velocidad. La experiencia relatada al inicio no es anecdótica: revela una falla estructural en cultura vial, control y responsabilidad.
El impacto no es neutro. Afecta con mayor intensidad a mujeres, trabajadores de bajos ingresos y adultos mayores. Las mujeres, además de las incomodidades físicas, enfrentan riesgos adicionales de acoso en unidades abarrotadas. Los trabajadores pierden tiempo productivo en traslados prolongados. Los adultos mayores y personas con movilidad limitada enfrentan verdaderos obstáculos para subir y bajar de unidades que no siempre cuentan con condiciones adecuadas.
El ciclismo urbano, alternativa en muchas ciudades, en Hermosillo resulta casi inviable durante buena parte del año. Las altas temperaturas, la escasa infraestructura protegida y la cultura automovilística dominante desalientan su uso. Caminar tampoco es sencillo cuando las distancias son amplias y la sombra escasa.
El resultado económico es evidente: la movilidad deficiente encarece la vida. Se gasta más en transporte alternativo, en gasolina, en mantenimiento vehicular. Se pierde tiempo. Se reduce calidad de vida. Y se profundiza la brecha entre quienes pueden resolver su traslado con vehículo propio y quienes dependen del sistema público.
No se trata de satanizar a los operadores ni de ignorar los esfuerzos gubernamentales que puedan existir. Se trata de reconocer que el crecimiento urbano sin planeación integral de movilidad genera costos sociales acumulativos. La ciudad se expande, pero su sistema de transporte permanece rezagado.
La movilidad no es un tema secundario. Es infraestructura económica básica. Determina acceso al empleo, a la educación, a la salud. Una ciudad que no garantiza traslados seguros y dignos limita su propio desarrollo.
Hermosillo necesita una discusión seria sobre transporte público: modernización de flota, supervisión estricta, cumplimiento de estándares de seguridad, infraestructura de sombra y climatización adecuada, rutas eficientes y mecanismos de denuncia efectivos. No es lujo: es justicia urbana.
Porque cuando una trabajadora cae al pavimento por la imprudencia de un conductor, no estamos ante un incidente aislado. Estamos ante el síntoma visible de una ciudad que crece… pero no se mueve.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.
